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La película de la semana (cuando veo película en la semana en curso) (8)

Ficha técnica:
Dirección: Clint Eastwood.
País: USA. Año: 2009.
Duración: 134 min.
Género: Biopic, drama.
Intérpretes: Morgan Freeman (Nelson Mandela), Matt Damon (François Pienaar), Marguerite Wheatley (Nerine), Patrick Lyster (Sr. Pienaar), Matt Stern (Hendrick Booyens), Julian Lewis Jones (Etienne Feyder), Penny Downie (Sra. Pienaar), Tony Kgoroce (Jason Tshabalala), Patrick Mofokeng (Linga Moonsamy), Adjoa Andoh (Brenda), Leleti Khumalo (Mary).
Guión: Anthony Peckham; basado en el libro “El factor humano” de John Carlin.
Producción: Clint Eastwood, Lori McCreary, Robert Lorenz y Mace Neufeld.
Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens.
Fotografía: Tom Stern.
Montaje: Joel Cox y Gary D. Roach.
Diseño de producción: James J. Murakami.

No sé que me pasa con el 90% de las películas de Clint Eastwood, que tienen algo que me atrapa. ¿Será que están bien hechas? ¿Será que están MUY bien hechas?
La cuestión es que un deporte tan ajeno a mi como el rugby, tanto por su falta de tradición en mi país como por lo poco que me atrae el deporte en general, llega a hacerme vibrar en esta pelicula. Y no tengo ni idea de cuales son sus reglas (y sigo si tener ni idea, aunque creo que he aprendido que ese balón con forma de melón se puede pasar a otro jugador hacia atrás o en paralelo, pero nunca hacia adelante).

Invictus es el título de un poema del inglés William Ernest Henley (1849-1903). A los 12 años, este señor tuvo tuberculosis, y la enfermedad le afectó los huesos. Años después, los médicos le dijeron que tenían que amputarle la pierna por debajo de la rodilla para salvar su vida, pero la enfermedad le había afectado seriamente. En 1875 escribió este poema desde la cama de un hospital:

En la noche que me envuelve,
negra como un pozo insondable,
doy gracias al dios que fuere
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias
no he gemido ni llorado.
Ante las puñaladas del azar
si bien he sangrado, jamás me he postrado. 

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror,
no obstante la amenaza de los años
me halla y me hallará sin temor.

Ya no importa cuán recto haya seguido el camino,
ni cuántos castigos lleve a la espalda,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.

Robert Louis Stevenson se basó en Henley para crear al mítico Long John Silver. Y parece ser que Nelson Mandela tenía este poema como inspiración durante los 27 años que pasó en la prisión de Robben Island, y después, de ahí el título de la película. Porque la selección nacional de Rugby de Sudáfrica, hasta entonces (estamos hablando de 1997) no eran invictos, sino todo lo contrario. Actualmente han ganado dos veces la Copa del Mundo de Rugby (y en esta película se nos cuenta la primera) y son la segunda mejor seleción de este deporte a nivel mundial en el ranking por detrás de Nueva Zelanda.




A estos ganaron en la final de 1997. Los temibles neozelandeses, los famosos All Blacks con su conocida danza ritual, la Haka, que realizan antes de los partidos con el objetivo de reivindicar su cultura y también para intimidar a los rivales; aunque no te guste el rugby como a mí, seguro que lo has visto.Los sudafricanos eran (y son) conocidos como los Springboks, y los colores de su indumentaria están basados en la antigua bandera sudafricana identificada con el Apartheid. Pero la camiseta permanece porque Mandela rechazaba la confrontación y el mesianismo fundacional. Impide que se cambie la camiseta de los Springboks, un equipo con el que hasta 1995 la mayoría negra no se identificaba porque sus jugadores eran casi todos blancos. El “camarada presidente” procuró un camino sencillo para vigorizar el entramado nacional y darle a esa nueva nación una potente y saludable esperanza social.
Clint Eastwood sólo necesita un minuto, el primer minuto de Invictus, para explicarnos qué fue el apartheid; comienza con la liberación de Nelson Mandela en 1990 y llega hasta 1995. De la forma más natural posible, la evolución de Sudáfrica, la reconciliación entre blancos y negros, está ahí, en la pantalla. Primero unos por un lado y otros por el otro, caras largas. Después se van mezclando, van hablando, se van conociendo. Y ahí es el momento del deporte. Y es que la película, que narra paralelamente los primeros años de Mandela en la presidencia de Sudáfrica, nos muestra el poder del deporte como catalizador de la unión entre personas ajenas entre sí normalmente, pero que comparten una pasión y un objetivo. Y aunque a algunos nos pese, es así. En este caso ocurrió en el estadio Ellis Park (aunque su nombre oficial es, por motivoa claramente publicitarios, Coca Cola Park. Aún así, lo de Ellis Park es tan legendario a nivel deportivo que cualquiera le cambia el nombre...) Como residente en España y natural de este país, en los últimos años observé dos reacciones multitudinarias ante dos hechos, uno luctuoso y otro similar al que se nos narra en esta película. Ambos tuvieron inmensa repercusión a nivel mundial, y no quiero que se me malinterprete, pues no tienen parangón, pero sirven de ejemplo.

Tras ganar la selección Española el Mundial de Fútbol en el estadio Soccer Cty de Johannesburgo, un sentimiento de amor a la patria se apoderó de una inmensa mayoría de españoles, reivindicando la españolidad, de la que muchos no es que renegaran, pero tampoco es que fueran pregonándola, sobre todo en esta coyuntura de crisis. Las calles se llenaron de banderas rojigualdas y la gente, por unos días, iba más sonriente por las calles. Como somos así, también se prestó atención a lo que ocurría en Catalunya y Euskadi con estas celebraciones. Buitrismo mediático, supongo, tampoco le presté más atención así que no me veo con autoridad moral para hablar de ello. La cuestión es que por unos días, se dejó de hablar de la crisis en los mass media, y, repito, vi más gente sonriente que de costumbre.
El hecho luctuoso al que me refería tuvo lugar durante los atentados del 11 en Madrid. En Atocha tenía yo mi lugar de trabajo por entonces, y debido a los destrozos ocasionados por las bombas, la estación permanecía cerrada algunos días mas tarde, por lo que haciendo caso omiso a lo que mi sentido común me dictaba, me encaminé al trabajo utilizando el coche. Pues jamás vi un tráfico más fluído, tranquilo y respetuoso en el centro de Madrid como aquellos días. Coches cediendo el paso, parando con los semáforos en ámbar, sin atascos ni bocinazos. Era un tráfico que funcionaba movido por la pesadumbre. Ojalá no vuelva a verlo.
Pero lo que se nos narra en la película, si bien está relacionado con esto, y además muy bien narrado, tiene que ver con lo que quiso hacer Mandela en su país. No quiso venganza, no deseó revancha, quiso unión para construir algo sobre las cenizas que le arrebataron casi 30 años de su vida. Y utilizó el deporte para ello. Hizo más cosas, claro, pero es que estamos hablando de Invictus, la película de Clint Eastwood, una película que igual manipula, o no, o igual te hace pensar. Una buena película.
Han pasado ahora dos años desde que se estrenó en 2009, basada en el libro de John Carlin Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game that Made a Nation (En español se titula El Factor Humano) con guión de Anthony Peckman, natural de Sudáfrica.Peckham comenta: -“Mandela se dio cuenta que tenía la oportunidad perfecta para enfrentar al electorado que no había votado por él… porque en realidad le temían. Los sudafricanos blancos seguían los juegos de los Springboks religiosamente, por eso, utilizar el foro de la Copa Mundial fue brillante. Ya no se trataba simplemente de un juego, sino del hecho de que Mandela vivaba por un equipo que los sudafricanos negros odiaban. A fuerza de voluntad logró que toda la gente apoyara y siguiera al equipo”.

Morgan Freeman, que parecía haber nacido para este papel (aunque sea más alto y fornido que alguien que pasó tanto tiempo en prisión, del cual parece ser que es amigo) interpreta al ex presidente y Premio Nobel de la Paz. Matt Damon interpreta a François Pienaar, el capitán afrikaner (de clase trabajadora) de aquella selección campeona. El actor fué entrenado para parecer que sabía jugar al rugby por Chester Williams, el único jugador negro de aquella selección en la película, aunque en la realidad no se recuperó de la lesión que sufre en la cinta y participó en el mundial...acomodando sitios para periodistas. Ambos actores estuvieron nominados al Oscar, pero ninguno se hizo con la estatuilla dorada (Hay que ver qué frase tan manida acabo de escribir).


Clint Eastwood metió también en la pelícua a dos de sus hijos; Kyle, que hace la música, y Scott, que interpreta (mas bien encarna, pues no tiene papel actoral real) a Joel Stransky, cuya anotación casi al término del juego permite la victoria de los Springboks en la final de 1995.
El peso de lo que hicieron selección y presidente lo pone en imágenes Clint Eastwood cuando se inicia el partido definitivo: las calles vacías de las ciudades surafricanas, la gente agolpada frente a la televisión, en bares y casas –hasta Zinzii, la hija de Mandela-, todos esperando que SU equipo gane. Un detalle especial, de sapiencia de la narrativa y emotividad cinematográfica, se ve con un niño negro que poco a poco se acerca al estadio, en las afueras, junto a un coche de la policía. Los policías primero lo miran con recelo y luego lo aceptan, juntos escuchan la radio con los pormenores del juego. En las gradas, las parejas de guardaespaldas, uno negro y otro blanco, arrinconarán su desconfianza mutua (que ya ha ido limándose gracias al trabajo conjunto) y se darán la mano (a punto están de abrazarse, pero se lo piensan una fracción de segundo). Igual que el público, que  sus miedos a venganzas y años de Apartheid, y se abrazarán sin fijarse el color de la piel.

Detalles.

Durante la final del Mundial de Rugby, los guardaespaldas se alarman al ver un avión jet en vuelo bajo acercándose al estadio, haciéndoles temer un atentado, escena que está cargada de tensión a pesar de saber que el la realidad no currió nada. En realidad, todo el personal de seguridad estaba informado sobre las maniobras de aquel avión.
El comentarista de TV que al principio ataca a los Springboks por rencor, al finalizar el partido le pregunta al capitán "¿Qué se siente al tener 62.000 seguidores apoyándoles en el estadio" a lo que Pienaar responde "No teníamos 62.000 aficionados apoyándonos, tuvimos 43 millones de sudafricanos". Esta pregunta y su respuesta son reales, pero no la hizo ese periodista, Johan de Villiers (licencia narrativa), sino otro llamado David  van der Sandt.
Ya he contado que el Ellis Park se llama Coca-Cola Park actualmente, de hecho, desde 2008, así que el que se vean emplazamientos publicitarios durante la película mostrando ee nombre es un descuido, ya que la final tuvo lugar en 1995.
  El primer partido que se ve fué el primero que jugó Sudáfrica tras levantarse el veto por el Apartheid. Pero no fué contra Inglaterra, sino contra los All Blacks.
Mandela estuvo en prisión 27 años, de los cuales pasó "únicamente" 17 y medio en Robben Island. Fue encarcelado en Johannesburgo y Pretoria durante el año y medio que duró el juicio, y luego enviado a la isla de Robben durante esos17,5 años. Fue trasladado a la prisión de Pollsmoor durante 6 años, y posteriormente a la prisión Victor Verster durante 2 años hasta su liberación.La celda de la prisión de Nelson Mandela  que el equipo de rugby de Sudáfrica visita en la película es la verdadera celda donde estuvo recluído Mandela.
Antes de que comenzara la producción, Morgan Freeman y Lori McCreary, una de las productoras, hicieron un viaje a Sudáfrica para obtener la aprobación de Nelson Mandela para rodar la película. De acuerdo con McCreary, Freeman comenzó diciendo, "Madiba, hemos estado trabajando mucho tiempo en este proyecto, pero acabamos de leer algo que creemos que podrían llegar a la esencia de lo que eres ..." Aún no había terminado, cuando Mandela dijo: "Ah, la Copa del Mundo." 
Las escenas exteriores de la casa de Nelson Mandela se realizaron en su residencia actual en Johannesburgo, mientras que las escenas interiores se rodaron en una casa en Ciudad del Cabo.
La oficina del presidente, donde Nelson Mandela y Francois Pienaar encuentran por primera vez, fue rodada en las oficinas de Union Buildings, sede del gobierno en la ciudad de Pretoria. Fue la primera vez que se filmaba allí.





 

La película de la semana (cuando veo película en la semana en curso) (6)




He leído por ahí que a Clint Eastwood le está pasando un poco como a Woody Allen, salvando las distancias, y es que se tiene en mente que al ser un gran director, cada película suya que se estrene ha de ser valorada desde esa óptica, y que valorarla por debajo del notable sería considerado poco menos que un sacrilegio. Y a continuación, tras esta disculpa, se atreve a valorar por debajo del notable la última película de Eastwood.
En primer lugar me llama la atención ese “salvando las distancias”… ¿Qué distancias? Los dos, en sus estilos y con obra propia lo  suficientemente contrastada, premiada, valorada y glosada, son enormes cineastas que han pasado ya a la historia del cine con letras de oro. Mucho me temo que ese “salvando las distancias” esté motivado por un resquemor del pasado de Clint, aquel pasado en el que era el actor más taquillero, durante los años 70, y cuyas películas, dirigidas por el mismo o por Don Siegel o Ted Post, eran denostadas por la crítica de entonces y encuadradas en la misma categoría que las de Charles Bronson o Chuck Norris. El tiempo ha puesto a cada uno en su sitio, y es ahora cuando se atreven tímidamente a apreciar a Harry El Sucio, El fuera de la ley o Fuga de Alcatraz. A mí, particularmente, la única que me parece que flojea  sería Firefox, y aún así, me gusta. Y las más “chorras”, por llamarlas de alguna forma, aquellas en las que interpreta a Philo Beddoe… el tipo del orangután, y bien entretenidas que son. Ya quisiera alguna de las que se estrenan actualmente con ínfulas llegarles a la altura de los tobillos. (Bueno, actualmente y de toda la vida, no nos vamos a poner puristas a estas alturas)
Me gusta llamar a Clint Eastwood “el último de los clásicos”. Cualquiera hubiera dicho que aquel chavalín que salió fugazmente en la secuela de La Criatura del Lago, en Tarántula o La mula Francis en la Marina, iba a alcanzar el estatus, no ya de estrella, sino de leyenda viva. Cualquier película en la que aparezca su nombre, casi seguro como director, despierta un interés en mí que pocos autores logran. Lo malo, es que mis expectativas pueden verse defraudadas, pues tengo a Clinton Eastwood Jr. En muy alta estima, y tiene el listón muy arriba. Lo bueno, es que mis expectativas no se ven defraudadas… habitualmente.
Confieso con amargura, al tiempo que no se dar explicación a tamaño dislate, que aún no he visto Invencible. Pero si que he visto la que se ha traducido como Más allá de la vida en España, aunque el título original significa “A partir de ahora”, o sea,   

Hereafter.

Uno de los carteles
 
Y toda esta introducción para decir lo que voy a decir a continuación. La película me ha gustado. Pero no me ha gustado. Porque es de Clint Eastwood. Siendo de Clint Eastwood podemos encontrar momentos brillantes y una forma de narrar magistral, porque Clint Eastwood es un maestro brillante, pero por ser de Clint Eastwood echo en falta… el clintisbudismo de las películas de Clint, ese narrar cosas sin artificios, sin añadidos. ¿Cómo explicarlo?
La película la conforman tres historias que, inevitablemente, han de converger al final. Posiblemente porque ya tiene unos señores 80 añazos, el amigo Clint haya sentido la necesidad de manifestarse sobre algo que nos ha de sobrevenir a todos, y que él debe ver más cercano debido a que tiene la fecha de caducidad más cercana. Estas tres historias tratan sobre la muerte, vista desde el punto de vista del vivo. Por un lado tenemos a Cecile de France interpretando a una periodista francesa que sobrevive a una catástrofe y tiene una experiencia cercana a la muerte, o sea, que se muere pero vuelve a revivir, y ve la luz blanca y todo eso. A partir de ese momento (hereafter) su vida se verá irremediablemente afectada por ese hecho, e incluso dará un giro profesional en ese sentido.
La Periodista





Por otro lado tenemos a un niño cuyo hermano gemelo muere, por lo desde ese momento (hereafter) sufre viendo que aquella mitad con la que tuvo origen su vida a partir de una única célula, parte física de él y ser complementario, ha desaparecido de la existencia, por lo que una mitad suya debería estar muerta, ya no es un ser completo, y si lo fuera, ¿qué será de él cuando le pase lo mismo? ¿Ha desaparecido su hermano o sigue ahí, pero en otro plano de la existencia?

Los niños




Y finalmente está Matt Damon, una persona que debido a una enfermedad cerebral que padeció de niño, desarrolla desde entonces (hereafter, again) una percepción extraordinaria, que le permite de alguna manera comunicarse con las, llámense esencias, fragmentos de conciencias, almas o espíritus de aquellos seres muertos a través de un simple contacto con uno de sus deudos. Y esa capacidad le aterra y le repele.

El vidente




Lo que pasa es que todo lo que rodea a las tres historias me parece material de relleno y carente de interés, y ralentiza la película a veces hasta el sopor. El asunto del affaire romántico con el productor de la periodista, el tema de asuntos sociales con los niños ingleses y el medio ligue frustrado en el curso de cocina de el vidente me parecen tangenciales, obviables y de relleno. Cosa que jamás pensé que vería en una película de Eastwood. Y ese es el problema. Si en lugar de ser una película de Eastwood fuera una de Fulanito Mengánez, posiblemente estaría hablando de lo brillante que me pareció, y estaría obviando esto.
Así que destacaré lo bueno, buenísimo, para compensar la injusticia cometida. Mucha gente la habrá ido a ver por la escena del tsunami. La verdad es que es escalofriante, ya que además reproduce la famosa grabación del turista que grabó la llegada de la ola gigante desde un hotel de Indonesia, con aquellas sombrillas como patético símbolo festivo de la fragilidad de todo lo humano versus las fuerzas de la Naturaleza. Pero la maestría y sentido de la elegancia de Clint Eastwood no hacen que esta sea una escena de pura carnaza. Es desgarradora y espectacular, pero de lo más respetuosa, no busca la sangre, sino el escalofrío, la angustia…Nos hace copartícipes de los seres humanos coches y escombros arrastrados, no espectadores sedientos de vísceras.


La otra escena tiene lugar durante los atentados de Londres del  7 de julio de 2005. Es una escena fantástica en el sentido genérico, por género, de la palabra. Nos lo confirman más tarde, pero estamos viendo una historia de fantasmas sin que se vean fantasmas y sin que parezca una historia sobrenatural. Y del atentado sólo vemos una columna de humo saliendo de King Cross; tampoco hay sangre ni mutilaciones, solo respeto y eficiencia narrativa hacia un tema tan arriesgado de reflejar. De hecho, creo que este film es la película de fantasía sobrenatural más realista que se haya hecho jamás. Y al decir realista hablo de la Realidad. Con mayúsculas tan rotundas como desesperantes, pues está jalonada de muerte, expedientes de regulación de empleo, ataques terroristas, desengaños amorosos, miseria, alcoholismo…
Las tres historias acaban convergiendo, quizás algo artificiosamente, pero es donde apuntaba la película y su destino natural, así que no pondré más objeciones.
No obstante, no puedo atreverme a recomendar la película, pues es una de esas que necesitan de un determinado estado de ánimo para verla, y si no estás en ese estado de ánimo, puede desgarrarte el alma, hacerte estallar en lágrimas o dormirte. Qué cosas.