viernes, 31 de agosto de 2012

Reflexiones calcinadamente miajillísticas

Todos los años lo mismo. Si el invierno, o lo que no ha sido verano, ha sido lluvioso, la vegetación es exuberante, lo que aumenta el riesgo de incendio. Si ha sido seco, la vegetación también está especialmente seca, lo que aumenta el riesgo de incendio. El riesgo de incendio siempre está aumentado. Uno de los pocos privilegios de que disfruto es el poder asomarme a la ventana de mi hipotecada casa y ver… bueno, mas casas, si, pero también una masa forestal impresionante, árboles y más árboles hasta donde abarca la vista. Salgo a la calle y tras caminar cinco minutos me encuentro en mitad del campo, cinco minutos a pie, rodeado de altos pinos y todo tipo de fauna. Vivo en una ZEPA, además de en la parra… Una ZEPA es una Zona Especial de Protección de Aves. Si miras al cielo allí, seguramente verás planear un águila imperial o un buitre negro. Una vez, un águila imperial se posó en una señal indicadora de curva peligrosa, y mientras yo pasaba emprendió el vuelo. Es escalofriantemente hermoso. Todos los días veo caballos y vacas de la apreciada raza avileña, apreciada en la parrilla, eso sí, pobres bichos pienso a veces, menos cuando tengo la suerte de disponer de un despersonalizado (desanimalizado) filete a la brasa en mi plato. Al menos esos animales no están embutidos en su corta vida en estrechos corrales. También veo zorros, ardillas, ciervos, liebres, alguna serpiente y multitud de pájaros de todo tipo además de los mencionados. Alguna noche, sentado en una roca cerca del río, puedes oir la melodía que tocan los grillos mezclarse con el siseo de los árboles mecidos por un suave viento, y en el cielo que asoma entre las copas de los pinos, robles o encinas aprecias multitud de estrellas, muchas más de las que te imaginas. En mi casa, aparte de algún mueble, la cama o diversos electrodomésticos, hay recuerdos y cosas sentimentalmente valiosas. Fotografías de seres queridos que ya no están, de seres queridos que siguen estando, de seres que fueron queridos y que ya no lo son o no lo son tanto o que piensas que podrían seguir siéndolo, imágenes congeladas de un día que no fue un día cualquiera, e incluso imágenes que se mueven evocando ese día. Miles de páginas leídas y sin leer que te enseñaron algo, aunque fuera a disfrutar de saber descifrar unos símbolos unidos entre sí mediante una serie de convenciones preestablecidas y aprendidas hace muchos años, lo que se suele llamar el saber leer y disfrutar de ese conocimiento. En muchas de esas páginas, en mi caso, prevalecen las imágenes sobre el texto, aunque también hay de eso. A veces son en color y otras en blanco y negro. Y en una curiosa práctica editorial que se dio durante una época, en raros bitonos magenta, rojo, verde o azul… no solo hay tebeos de Bruguera, hay tebeos en general. También películas y discos. Hasta de vinilo y todo, y alguno que me reportaría un pellizco económico apreciable si decidiera venderlo. Pero no lo hago por pereza nostálgica y una afortunada, de momento, falta de necesidad. También hay papeles que si desaparecieran se me pedirían para cualquier burocracia frustrante, datos importantes hasta que se pierden, cosas que de repente encuentras sin buscarlas y otras que por más que busques, no las encuentras. Mucho trasto que jamás has usado y otros muy usados que ya no sirven. Cajas con ropa de temporada que habrá que volver a abrir en breve y rellenar con la que es demasiado ligera o corta para afrontar el frío. Toallas, cazuelas, tenedores, jarras, saleros, sillas…. En mi casa hay pedazos de mi vida. También está mi vida. No solo la mía propia. Está la de mi pareja, que tiene la desdicha de compartirla conmigo. Y unos pequeños seres muy inteligentes y zalameros que arañan el marco de la puerta y tiran cualquier cosa susceptible de romperse al caer; unos cuantos gatos. Tengo conexión a Internet, de ahí que exista El miajilla. A veces, mientras hago cosas muy tecnológicas impensables hace unos años… qué narices, hace unos meses incluso, se oye en el exterior un acompasado sonido de cascos, y pasa un paisano tocado con boina montado encima de un burro con alforjas de cañizo. Qué contraste tan maravilloso. A poca distancia, en coche, está mi pueblo. A diez minutos, pero no diez minutos de autopista, sino de tortuosa carretera local, muy bien asfaltada, eso sí. Hago este distingo porque no vivo en mi pueblo, vivo cerca, en otro. Aunque nacido en ciudad, mis raíces están en ese otro pueblo, y gran parte de mi vida. De hecho a veces paso más tiempo en mi pueblo que en mi otro pueblo. Allí está parte de mi familia y en verano y fechas festivas, casi toda. Allí tuve grandes amigos, y los que no tuve allí han ido en alguna ocasión. Hasta el Muxhaxho ha ido. Y Albertoyos. Y Rafa creo que también, aunque por parte de mi hermana. Y solo de los que han salido en El Miajilla, porque los que no han comentado cosas, también han estado allí. Hasta Alberto, que conocí allí y que me ha dado las gracias en su blog por ir a otro lado, tonto, que me pillaba de camino. (Si, blog, blojjj es El Miajilla). En mi pueblo huele a invierno y siempre que nieva sale en las noticias. Dicen que tiene dos estaciones, la de tren y el invierno. También está rodeado de un entorno privilegiado, y caminando un poco más que desde mi casa, más que nada porque el pueblo es más grande, también te encuentras rodeado de pinos, o robles, encinas, saucos y muchos tipos de árboles que no me sé. El pueblo tiene castillo y un convento sin frailes, pero si un fantasma que investigaron Jiménez del Oso y Félix Rodríguez de la Fuente, que ganó porque el fantasma era un búho. Allí me compré mi primer tebeo con mi propio dinero, el Olé! De El Caso del Calcetín, cuando la contraportada marcaba 60pts y un chímpico Mortadelo disfrazado de guerrero medieval perseguía mandoble en ristre a un chímpico Filemón. También me regalaron allí mi primer tebeo de Astérix, La Gran Zanja, y leí una y otra vez mi primer tebeo de Pumby, ya desaparecido por el paso del tiempo, que contaba la historia de Súper Pumby y de cómo adquirió sus poderes al compartir su sangre con un agradecido gigante egipcio que luego se volvía malo por culpa de un maligno hipnotizador… si alguien puede decirme que tebeo ese o darme pistas, se lo agradecería infinito. Allí conocí a Spiderman en su versión de Vértice, y la revista 1984 y las demás. Y muchas más cosas, retazos de vida, como cuando subimos un banco público al Risco de Santa Ana con nocturnidad para tomar el fresco, o cuando el muxhaxho y yo regresamos al amanecer a casa solo para seguir despiertos por ahí, sin hacer nada más que estar. Allí recorríamos el monte sin problemas de respiración entrecortada y fatiga, montaba en bici a las tres de la tarde sin peligro de infarto combinado con insolación, jugaba al fútbol contra el chupón de los Marios, veía los fuegos artificiales que inauguraban y siguen inaugurando las fiestas de julio, que la gente sigue invariablemente jaleando con el imprescindible ooooooooooooh. Allí jugamos al 27, un juego particular que no explicaré porque es secreto, nos reíamos del pobre Waldo, que era de Toledo y se reían de nosotros algunos otros que no eran de Toledo, el círculo de la vida. Remedábamos el Rambla arriba Rambla abajo por la calle principal que se llamaba Del Generalísimo y ahora se llama Principal. Mi hermana tenía cacharritos, mi otra hermana tenía una pieza de Tente alargada que simulaba un cigarrillo del mismísimo Clint Eastwood y mi hermano protagonizaba las más espectaculares caídas de bicicleta jamás vistas en compañía de mi primo el de los escocianos. En fin, la vida. Cada uno tiene la suya. Afortunadamente todo eso sigue ahí. Algunas cosas faltan, otras sobran y otras vendrán. Me asomo a la ventana y veo esa masa forestal. Pero hace unos días volví a coger la carretera que va a Madrid. La que sale de mi casa y pasa por mi pueblo. Porque hace poco estaba cortada, y tenía que ir por un camino alternativo, dando un gran rodeo. El paisaje que vi formaba parte de mi vida. Lo he visto mil veces. No. Más de mil. Muchísimas más. No es mi entorno más próximo. Mi casa y mi pueblo se han librado esta vez. Pero la gente de allí, no. Afortunadamente sus fotos, los tebeos de quien los tenga y libros, discos, sillas, tapetes, siguen en su sitio. Pero menudo susto. Lo que pasa es que se asoman a la ventana y lo ven todo negro. Y caminan 5, 10, 15, 20 minutos, y lo ven todo negro. Yo me he asomado. Hay un pequeño desfiladero en el que hace años, muchos años, había indios que atacaban el Renault 6 conducido por mi padre, que avanzaba renqueante hacia o desde mi pueblo. Antes o después, dependiendo del sentido de la marcha, hay un puente. Hay gente que hace puenting. Si miras hacia abajo, o a los lados, donde sea que mires hay bosque, montañas cubiertas de pinos, hay una naturaleza sorprendente, que huele bien, que te llena de salud. Ahora está mordida, cerca de Santa Maria de la Alameda. Un poco más allá, pasado el puente, hay muchas curvas. Y en primavera huele a ambientador bien hecho, ya puedes tirar ese pino de cartón que llevas colgando del retrovisor, y se respira aunque te niegues a respirar. Sólo puedes pensar “qué bonito es esto” aunque no vayas pensando en nada o quieras pensar en otra cosa. Ahora está en blanco y negro y todavía humea, y mejor no respires aunque quieras. Más que nada porque también te corta el aliento, ese nudo en la garganta. También se veían señales de tráfico advirtiendo de animales, esa triangular en la que aparece un ciervo saltando. Esas señales no están habitualmente, así que quiere decir que se han visto animales cruzando la carretera, huyendo del fuego que se comió sus casas sin techo. A ver quién es el listo que ve ahora Bambi. Tampoco había señales de las que previenen de posibles desprendimientos. Es que no había señales, ahora hay heridas, pronto cicatrices. Por el otro lado no he querido ir. Se ven fotografías e imágenes que ya duelen mucho. No he querido ir, y es que afortunadamente no tengo por qué hacerlo. Pero a mucha gente no le queda más remedio. Se levantan y cada día ven que les han quemado sus paisajes. Siguen teniendo cosas en su casa, aunque no las encuentren por mucho que busquen y encuentren otras sin buscarlas. Pero ya no hay colores. Al menos el cielo sigue siendo azul, pero durante unos días ha sido rojo y negro. Pronto será gris, como el resto del entorno. Pero no solo ha pasado esto en Robledo de Chavela, Santa María de la Alameda y Valdemaqueda. En otros sitios la gente ha perdido sus cosas y ya no las van a encontrar sin buscarlas. Ni buscándolas, porque se las ha comido el fuego. Ahora mismo, mientras tecleo, se están quemando Coín, Alhaurín El Grande, Mijas, Ojén y Marbella. Se está quemando pino carrasco, y es que el pino está por todas partes, es un árbol muy recio. Pero el fuego no sabe de eso. Ni de los animales ni de las gentes. Es como Galactus. Este verano se han quemado otra vez muchos campos de fútbol, es lo que pasa, que estamos curados de espanto. Una fotografía, un vídeo y unos datos traducidos a campos de fútbol no impactan. Verlo duele, de verdad. Sentirlo es sentir dolor, aunque no el dolor de los quemados, que eso si que duele. Es un dolor profundo, interno, que uno es incapaz de exteriorizar. Este verano se ha quemado Castellet i la Gornal en Barcelona, Alajeró y Vallehermoso en la Gomera; pino canario, palmerales y laurisilva, Garajonay, 4000 campos de fútbol (y yo que no me hago una idea de lo que es un campo de fútbol, solo de lo que es un montón de monte quemado… que detrás de la paradilla se ven las colinas grises y no es por la lejanía). Llocnou de Sant Jeroni en Valencia, 1350 hectáreas (pues 1350 campos de balompié), más pinos, acebuches y algarrobos; Rasquera en Tarragona, 3000 Ha,. Cortés de Pallás, Andilla, Turís, Montroi, Real, Llombai, Catadau, Carlet Y Tous en Valencia, 50000 hectáreas, más superficie de la que te puedes imaginar a no ser que mires al mar, y eso que el horizonte engaña, con lugares de importancia comunitaria, en lo que respecta a conservación del hábitat y zonas ZEPA, carrascales levantinos, rapaces y murciélagos de cueva como Batman pero de verdad. Moratalla y Hellín en Murcia y Albacete, 1370 ha, tarayales, fresnedas, alamedas y saucedas, la nutria y el galápago leproso y el omnipresente pino carrasco. Concentaina y Alcoy en Alicante, el Parque Natural de Sierra Mariola, 500ha. La Jonquera y L´Alt Empordà en Girona, 13000 ha, bosque mediterráneo de alcornoque y encina, desde ambientes húmedos con orquídeas, acebos y tejos hasta la brota mediterránea con aulagas y jaras y la tortuga mediterránea. Vilaflor, Adeje, La Orotava en Tenerife, 5200 ha de pinares de pino canario: Reserva Natural Especial del Barranco del Infierno, Parque natural de la Corona Forestal, el espacio natural protegido más extenso de toda Canarias formado por un frondoso bosque de pinos y otras especies vegetales de alta montaña que rodea al Parque Nacional del Teide, con sabinares y restos de bosques primitivos. Las Hurdes y Cambroncino en Cáceres, 621 ha, con ZEPA e importantes colonias de cría de especies amenazadas como el buitre negro, brezales mediterráneos y formaciones de enebros. Y pinos. Chequilla, Checa, Alcoroces y Traid en Guadalajara, 1100 ha del Parque Natural de Alto Tajo, con pinares de pino albar y pino salgareño. La Sierra de Gata otra vez en Cáceres, 600ha, castañares, brezales, robledales. Gran importancia de las poblaciones de lobo y lince ibérico. Villa de Mazo en La Palma, 1700 h tabaibales-cardonales, sabinares y restos de bosques primitivos. Más pinos. Tambien en La Palma, El Paso, 900ha de pinares de pino canario y zonas de matorral. Benágeber, Tuéjar y Chuelva en Valencia otra vez. Bosque mediterráneo con pinares, 670 ha. O Barco de Valdeorras en Ourense, pinos y carballeiras montanas galaicas autóctonas, 1600 ha. Navas de Estena en Ciudad Real, 537 ha de bosque mediterráneo y el Parque Nacional de Cabañeros. El Águila imperial ibérica, la Cigüeña negra o el Buitre negro. Torremanzanas; Penáguila y Benifallim en Alicante again. 600ha de pinares. Valdefuente de Sangusín, Peromingo, La Calzada de Bejar y Horcajo de Montemayor en Salamanca, 1080 ha de bosque mediterráneo de encina y melojo, tierras agrícolas y pasto, Reserva de la Biosfera de la Sierra de Béjar y Francia, bosques de ribera, encinares, melojares, castañares, madroñales y pinares. Alberga especies emblemáticas como el buitre leonado, el lince ibérico, la cigüeña negra y el águila real. Solana de Ávila y Palacios de Becedas en Ávila. 1355 ha, el Parque Regional de Gredos, un excepcional paisaje de alta montaña, lagunas glaciares, pinares, piornales, gargantas y ríos, 230 especies de vertebrados; la flora, por su parte, está formada por más de 1500 especies. Cubo de Benavente en Zamora, 788 ha de melojares y pinares. Castrocontrigo, Luyego, Quintana y Congosto, Castrillo de la Valduerna y Destriana en León. 11.725 ha de pino, encina, roble, matorral, pastos y cultivos. ZEPA Montes Aquilianos con Aguilucho pálido, Aguilucho cenizo, Halcón peregrino, Perdiz pardilla, Águila real, Águila culebrera, el Águila calzada, la Chova piquirroja y el Roquero rojo, melojares y pinares. Aras en Navarra, 1000 ha de pinos carrascales continentales. Trasobares, Calcena, Talamantes y Ambel en Zaragoza. 3500 ha de pasto, matorral y superficie arbolada, fundamentalmente pinar y encinar. Parque Natural del Moncayo, LIC Sierra del Moncayo y ZEPA Sierra del Moncayo-Los Fayos-Sierra de Armas. . La fauna también es rica y variada, abundando las grandes rapaces. Y suma y sigue, eso hasta ahora y seguramente otros de los ue no tenemos conocimiento, muchísimos conatos… Todos los veranos lo mismo. Y lo peor es que no es solo en verano. En enero, en Pías, Zamora, 1115 ha de melojares, robles, abedules y matorral asociado, ZEPA Lago de Sanabria y alrededores, con fauna población reproductora de Aguilucho Cenizo, y la de Perdiz Pardilla. En Febrero, Pujerra, Serranía de Ronda en Málaga. 500 ha de pino insigne, castaños, carrasco, enebro y coscojas. Hermisende en Zamora, 2329 ha. En Marzo, Noceda, Sierra de Gistredo en León. 550 ha de melojares subatlánticos y pinares de repoblación. A seguir repoblando. Montanuy, en Huesca, 2084 ha de pinares y quejigares. Truchas en León, 905 ha de melojares. Carballeda de Valdeorras en Ourense, abedulares, melojares y pinares negrales. Parque Natural de las Fragas de Eume, un ecosistema único en Europa de alta biodiversidad con un bosque atlántico muy característico influido por el mar en Ferrol, A Coruña. 750 ha con helechos, bosque atlántico y eucaliptares. Parque Natural de Somiedo, Cangas de Narcea en Asturias. 700 ha de roble albar, castañedos, rebollares, pinares, hayas, abedulares, brezales de brezo rojo y tojales, con urogallo, lobos y osos, que de estos quedan pocos. Así que ando algo quemado con este tema.

2 comentarios:

  1. Desolado por tanta destrucción de lo que más amo del país que me ha tocado en suerte, que son sus espléndidos parajes naturales, y con un nudo en la garganta por la forma en que lo has descrito y lo has entreverado nostálgicamente de tu hilo vital y de tus emocionados recuerdos, al par que maravillado de la excelsa inspiración que el dolor puede llegar a producir en espíritus sensibles como el tuyo, lo mejor que puedo hacer es guardar un «silencio reverente y sobrecogido» (si me permites la frivolidad de la alusión jocosa en estas nada jocosas circunstancias), así que sólo haré un par de comentarios muy concretos.

    Con una sonrisa y con indecible nostalgia he leído tu alusión a aquella tan absurda como legendaria noche en blanco, parte de la cual se vivió nada menos que en el Risco, y que merece una exégesis más extensa que en alguna ocasión habremos de acometer en otro lugar.

    En cuanto a la interiorización mental o «visualización» de lo que representan las cifras de superficies quemadas, en lugar de recurrir a los estúpidos y manidos campos de fulbo (que me dicen muy poco, me tocan las narices y no aclaran nada cuando se trata de millares de ellos), lo que suelo hacer es convertir la cifra a kilómetros cuadrados (100 Ha = 1 km^2). Como todos tenemos una idea bastante precisa de lo que es un kilómetro, es fácil imaginarse un cuadrado de 1 km de lado, así como una franja de un kilómetro de ancho y de tantos km de largo como los km^2 de la superficie que desees imaginar.

    También suelo tomar la cifra de la extensión y descomponerla en dos factores para imaginarme un cuadrilátero cuyos lados miden esas longitudes; por ejemplo, si son 6000 Ha = 60 km^2, me imagino un cuadrilátero de 5 km de ancho por 12 de largo, o de 6 por 10, o bien la franja de 1 km de ancho por 60 de largo, (todas las «visualizaciones» son igualmente escalofriantes).

    Finalmente, otro truco es comparar con extensiones conocidas; por ejemplo, la Casa de Campo mide algo más de 1500 Ha (o sea, como lo que quema un incendio más bien pequeño), y la Comunidad de Madrid tiene algo más de 8000 km^2 (y lo que se quema anualmente en España es perfectamente comparable a esta extensión).

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  2. Me dejas sin palabras.

    Así que aportaré, como Mario, unos pequeños comentarios...

    Apenado y emocionado quedo por lo que escribes y describes, pues en el recuerdo guardaré para siempre aquel verano por etapas en Las Navas.
    En etapas porque recordarás que fui dos veces; una semana en julio, al olor de la mistela y otra semana de nueve o diez días en agosto, al olor de la sardina...
    Hace unos días, precisamente, me acordé de todo aquello y de lo curioso de que fueron mis únicas vacaciones de pueblo, vacaciones de las de aquí, de las de toda nuestra generación, a lo Verano Azul serrano—pues ya sabéis que habitualmente, y desde siempre, mi retiro estival transcurre en mis ginebrinas tierras helvéticas (salvo aquel año del lamentable sucedido del emponzoñamiento con aguas mayores y menores en el Alberche)—, y de la suerte que tuve de conocer ese lugar perdidito de lugareños, con esos paisajes, ese ambiente, esa lugareña y esa vida ociosa estival tan fantástica, que de no ser por ti, Muxhaxho, jamás hubiera conocido.

    Así que una vez más, y van... me has tocado la patata.

    Yo también estuve en el Risco, amigo Muxhaxho, también hasta el amanecer, un par de veces y ni te cuento lo que se coció por allí aquellas noches. Por cierto, ¡qué cara de horror se le puso a la hermana pequeña del Muxhaxho cuando, en su paseo nocturno mingitorio, a eso de las cuatro o cinco de la madrugada, en el pasillo de su casa se tropezó conmigo que había recorrido todo el pueblo para hacerme con el saco de dormir y no morir helado!

    El juego del 27 y su mecánica grotesca, se le atribuye habitualmente a nuestro común amigo del Muxhaxho y mío, famoso locutor de San Ignacio.
    Pero no es así, pues la chorrada en cuestión fue una ocurrencia mía para no tener que contar los dedos en el sorteo de jugadores de futbol en el instituto. De hecho, el 27 es de siempre mi número favorito —lo que luego hiciérais a partir de la sencilla mecánica, es cosa vuestra, degenerados—.
    Dejo esta pequeña y conocida puntualización aquí para la posteridad, como testimonio del hurto, entre otros, del que fui objeto por los amigos del humor ajeno.

    Pero... ¿esto no era el Miajilla?
    ¿No hablábamos de tebeos y del Segura ése, o me he equivocado de apartado?

    En fin: no andemos... ¡andamiemos!

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