domingo, 5 de junio de 2011

Juegos de niños: Pitagorín


 Los personajes cásicos de la Editorial Bruguera tenían una función para con su público: hacerles reír. Y para ello no escatimaban en generar desastre tras desastre. Esta propensión a la catástrofe, ya fuera sobre sus personas o sobre incautos que tenían la desgracia de pasar por allí, era consecuencia directa de las diversas personalidades e idiosincrasias que el autor les proporcionaba. El autor, Rafael González y el señor de las tijeras, quiero decir… A esta misión primordial de entretener al personal se sumaba una presunta semblanza costumbrista, con cierto carácter satírico, hasta la llegada de aquel decreto de 1955 que transformó profundamente la faz bruguérica.
Aquellas primeras historietas tenían siempre una estructura similar, independientemente del personaje: Eran historietas autoconclusivas, de una o dos páginas, con un desenlace casi inevitablemente desastroso y/o epatante para el personaje o su entorno. Aquellos pobres personajes perseguían con afán algún propósito, una ambición, un deseo que se veía frustrado una y otra vez. Eran, por lo general, gente fracasada, o abocada al fiasco, la decepción y el desastre. Sus historias de corte satírico-costumbrista transcurrían por lo general en ambientes urbanos, desplazándose a otros ambientes ocasional y anecdóticamente, y como contraste de lo fuera de lugar que el desgraciado y urbano personaje podía llegar a estar.
Hasta ahora hemos visto de Bruguera personajes sin oficio ni beneficio, familias disfuncionales, abuelos cansinos, ladrones a los que más les valdría volverse honrados, oficinistas esclavizados, maridos poquita cosa, sobrinos postizos, mujeres de bandera… de guerra, brujas malvadas, solteronas poco agraciadas, hinchas irreductibles, cuñados encabritados, perezosos sin remisión, al solterón más desgraciado del mundo, novias de una sola pieza, suegras futuribles y tremebundas, remedos chímpicos, detectives despistados, mascotas horrorosas, chavales traviesos… y no hemos rascado nada aún.
También hemos visto alguna excepción. El europeizado y ágil trazo de Raf con Sir Tim O´Theo, que es de Bruguera porque nació y se crió allí, pero no lo parece por multitud de detalles que podéis apreciar en los post hasta ahora publicados tratando de dar una semblanza del genial detective y su amo (no es un error, je!) y de toda la pléyade de irrepetibles personajes que rodeaban al veterano aristócrata irlandés. También es excepcional, por su estilo “feista” y lo atípico de su escenario de acción, el incomparable Agamenón, que solo tiene un igual en el “defunto” de su “agüelico”. Aquí vuelvo a incidir en lo raro que me parece que un pueblo se considere un escenario atípico en aquella España que acababa de dejar de ser eminentemente rural… cosas de  Bruguera.
El personajillo que quiero presentar hoy, triste escusa que sirve para rememorar unas rescatadas historietas que pongo a vuestra disposición, y que constituyen el mas inapreciable tesoro de este vuestro blojjj, es también atípico. No tiene a su alrededor una pléyade de personajes, ni un escenario reconocible y especifico, ni una continuidad palpable. De hecho, es un personaje de Peñarroya que, como ocurría con el resto de ellos, actuaba subido a un escenario dentro de la teatralidad con que el castellonense creaba sus historietas. Peñarroya revolucionó el cómic en España junto a los otros grandes del tebeo bruguera de los primeros años, dotándole de dinamismo heredado de un pasado profesional en los dibujos animados, y dejando transpirar un aire costumbrista que queda como retrato histórico con trasfondo satírico de la España de aquellos días, entre otras muchas cosas. Pero no tenía profundidad… de campo. Y tampoco tenía campo, como si lo tenía Agamenón, con el trazo displicente de Nené Estivill alejado del correctísimo y elegante estilo de Peñarroya. Peña era un dibujante con un estilo estandarizado. Pero es que Peñarroya fue uno de los creadores de ese estándar, y se lo podía permitir.  En eso consiste la evolución, siempre que no olvidemos el camino que se ha ido recorriendo.
El último personaje de Peña creó para Bruguera, Pitagorín,  nació en las páginas del 1837 (dicen los cronistas wikipédicos, aunque aquí tengo la que sin duda, hasta que alguien me contradiga, ha de ser la primera, pues está extraída del nº 1836, poniendo a continuación la del 1837) de la revista Pulgarcito en el año 1966, y se salió totalmente de los cánones bruguéricos, aunque permaneciendo firmemente anclado a ellos.




Peñarroya desafió las leyes del personaje desgraciado y frustrado permaneciendo en la estética fundacional peñarróyica y haciendo un personaje totalmente blanco, que no solo hubiera pasado la estricta y enfermiza censura de años atrás, sino que hubiera hecho que el pérfido señor de las tijeras se hubiera postrado henchido de orgullo patrio a los pies de aquel niño. Y es que no sólo no era un fracasado con ambiciones frustradas; era un triunfador nato, sin ambiciones pero con sus deseos colmados, y todo por sí mismo, sin ayuda externa. Un niño prodigiosísimo.









Pero antes de meterme en elucubraciones de las que posiblemente no sepa salir, lo mejor será trazar una breve semblanza del niño prodigio. Y breve será porque, sinceramente, un personaje tan perfecto, pero no como personaje/creación sino como personaje/carácter, tampoco da para mucho. Es lo que pasa con las personalidades de ficción mono faciales  y de una sola pieza. Que no hay que dar vueltas a su alrededor tratando de conocerlas; de un solo vistazo se averigua todo lo que se pude saber sobre ellos.
Hay que mencionar, aunque es totalmente obvio, que el nombre Pitagorín está basado en el de Pitágoras (de Samos), y ha calado en la cultura popular utilizándose como sinónimo de empollón o de jovencito inteligente.







Pitagorín es un niño que vive con sus padres. El aspecto de los padres es normal, pues su misión es testimonial, y el padre, por ejemplo, tan pronto se parece a Pepe El Hincha como es un caballero calvo o cualquier personaje genérico de andares peñarróyicos.  Pitagorín va al colegio aunque no lo necesite, pues de hecho puede dar lecciones a sus maestros y las da;  tiene amigos y juega con ellos. Trata de llevar una vida normal de niño y además tiene un carácter afable y humilde, aparte de ser  muy educado. Es la antítesis de niños como Zipi y Zape (que insistiré siempre en que tampoco eran tan traviesos, aunque lo fueron en sus inicios) o de Pepito, el tremendo sobrinete de Rigoberto Picaporte. Pero aparte de estas bondades, resulta que Pitagorín es súper inteligente. Pitagorín es un súper héroe naif cuyo súper poder es una inteligencia privilegiada superior a la de los adultos que le rodean y muchos sabios, y pone esta característica al servicio del prójimo sin pestañear. Sin pestañear porque no tiene ojos visibles... De aspecto peculiar, rubio y bien peinado, con un lazo al cuello y unas gafas como de enfermera de pop de los años 50, que ocultan sus ojos. La inteligencia de Pitagorín le permite no sólo traspasar las habilidades propias de cualquier niño de su edad, sino la de cualquier adulto existente, inventando y creando mil y un artilugios que suele utilizar para ayudar a sus semejantes y a veces para impartir justicia. Tiene el respeto y la admiración de los adultos, quienes, salvo alguna vergonzante excepción, siempre por estar desinformados, hacen cualquier cosa solo porque “lo ha dicho Pitagorín”. No solo ayuda a sus semejantes con sus invenciones, sino que sus ideas y consejos arreglan negocios,  crean millonarios (que suelen ser representados al final de la historieta como propietarios de lujosísimos automóviles), e incluso modifican ciudades y civilizaciones enteras…






Pitagorín suele ir acompañado de un chaval de su edad con el pelo cortado “a tazón”, su incondicional escudero Pepito, aunque alguna vez se ha asociado también con otros niños como Luisito o la niña Merceditas.
Aparte de las injusticias y problemas de la humanidad, Pitagorín tiene su némesis en el matoncete Pepón, un niño de su misma edad, algo más corpulento, mal peinado, al que de vez en cuando se representa vestido con unos pantalones con un solo tirante, de aspecto gandul, tipo Huckleberry Finn. Es su némesis hasta cierto punto, pues la tirria que Pepón siente hacia la pareja Pitagorín/Pepito “por cursis” se suele volver contra él, ya que nada es superior a los recursos que la inteligencia de Pitagorín pone a su disposición. En todos los casos acaba rindiéndose ante la superioridad de su rival, e incluso agradeciéndole la lección e incluso rindiéndole pleitesía. Y siempre “escaldado”.



Pitagorín es experto en multitud de disciplinas intelectuales, y si en alguna flojea, estudia para poner remedio a ese hándicap. Y lo consigue en muy breve plazo, llagando a ser en poco tiempo un excelente compositor o un brillante entrenador de fútbol (como no podía faltar, tratándose de Peñarroya).  Sus hallazgos y beneficiosos aportes a la comunidad le valen un montón de honores que no suele aceptar, pues tiene que ir al colegio para ser alguien el día de mañana, o está demasiado ocupado siendo un niño y jugando. Construye robots, máquinas que fabrican los más apetitosos caramelos, platillos voladores y un característico “coche”, una especie de automóvil que responde al nombre de “locomóvil” o “birriamóvil”, y que bien podría ser el Pitagorinmóvil, como trasunto del Batmóvil. (Mucho móvil, me parece a mí).






Sus inventos y descubrimientos suelen funcionar por corriente solar y lunar o rayos cósmicos supercalifrigilisticoespialidosos, o son pociones de mezclas de caramelos de menta, bicarbonato y algún que otro ingrediente inverosímil. Consigue objetivos tan fantásticos como predecir con un 100% de fiabilidad el tiempo (y los meteorólogos confían ciegamente en sus predicciones), un chorrito que obliga a decir la verdad, el rayo de la felicidad, e incluso hace que un bosque de olmos produzca peras. Escribe canciones de éxito, crea un estilo de jazz novedosísimo, pero se crean reglas para impedir que  participe en  un concurso de la TV,  pues no tendría rival, “ Todosa los habitantes del país, excepto un niño llamado Pitagorín, que todos sabemos ya quien es”. Tal vez esta superioridad tan apabullante entre sus coetáneos pueda ser una especie de fracaso, pues le convertiría en un caso tan aislado que quedaría apartado de todos, en su soledad.




Pero no siempre tienen éxito sus invenciones, no porque no funcionen, pues siempre lo hacen, sino porque el objetivo con el que fueron creadas se desvirtúa o simplemente no resultan tan beneficiosas como se pensaba en un principio. Si es un crecepelo para un galán calvo sin papel, funciona justo cuando se requiere un galán calvo, o descubre que el pelo que crece sin límite tampoco es tan bueno. Tampoco está del todo bien que todo el mundo diga la verdad sólo porque Pitagorín así lo quiera, y es entonces cuando aprende una lección. Lección que es él quien suele enseñar, “ayudando” a mentes descarriadas que no siempre es bueno aprovecharse de los avances pitagorínicos para medrar.
Y por si fuera poco, Pitagorín nos ha salvado de más de una invasión extraterrestre.
Este ser admirado por sus semejantes, su capacidad de hacer lo imposible, su tremenda superioridad sobre la gran mayoría de la humanidad, no le granjeó demasiadas simpatías entre el público real de entonces, los lectores. Fue un Peñarroyismo menor que Don Pío, Don Berrinche o Gordito Relleno. Pitagorín no fue un personaje de éxito, no fue popular. Pero ¿Cuándo ha sido popular un empollón?


















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